👉 Disponible hasta el viernes.
Hace un tiempo estuve hablando con una clienta que dirige un departamento de más de 30 personas. Se levanta a las seis, entrena antes de ir a la oficina, en ayunas. Lleva las cuentas de su casa (y de las calorías) como si fueran las de una multinacional.
Una persona disciplinada.
De las que cumplen.
Sin embargo… cuando llega la noche, algo se rompe.
Se sienta en el sofá después de cenar y empieza la misma historia de siempre. Que si un chocolatito. Una galletita. Después tres. Luego el paquete. Y al rato ya está de pie, en la cocina, a oscuras, comiendo de la nevera cosas que ni siquiera le apetecen.
Y lo peor no es eso. Lo peor es lo que viene después:
“Eres un puto desastre.”
“No puedes ni cerrar la boca.”
“Mañana empiezo en serio.”
Y mientras lo dice, está convencida de que su problema es la comida.
Que si el pan.
Que si el azúcar.
Que si “no tengo disciplina”.
Que si “soy un puto animal”.
Ya te suena.
Y al día siguiente se aprieta más. Come menos. Se salta la merienda. Aguanta como una bestia. Tres días, cuatro, una semana entera. Hasta que revienta. Otra vez. Más fuerte que la anterior.
Luego un día se pesa y lo que ve no le hace justicia a lo que ha sufrido.
¿Su solución?
Machacarse todavía más hasta que llega una noche en el sofá y...
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¿Pero qué coño pasa?
Si tiene disciplina, si tiene constancia, si tiene cojones para llevar un departamento entero…
¿Qué le está fallando con la comida?
Si te suena esta historia, no te tortures más. La respuesta es más sencilla de lo que piensas:
Tu problema es que nunca es suficiente.
Y no es una frase de taza. Es un mecanismo. El mismo que te ha hecho triunfar en todo lo demás:
Tu autoexigencia.
Sí, eso que quizá lleves toda la vida pensando que es tu mayor virtud es exactamente lo que te está reventando con la comida.


👉 Solo hasta el viernes
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👉 Viernes, último día
Por qué nunca es suficiente (y cómo dejarte en paz con la comida)